Por Kiara
Acababa de llegar el verano y junto al cambio de estación también asomaban por la ventana mis vacaciones. El momento había llegado, por fin podría tomarme una semana de relajo y como eran poco tiempo, porque al fin y al cabo solo se trataba de siete días fuera de la oficina sin tener que verle la cara a mi compañero de escritorio, decidí irme a la playa, a la casa de mis padres. Por supuesto mi perro Pancho iría conmigo.
Tomoyo Beach pertenece al balneario Boca del Río y se ubica en el km. 52 de la costanera. Hasta ese punto le dije al chofer del minibús que me dejara. Bajé del vehículo con mi bolsa de playa al hombro y con Pancho en la otra mano. Crucé la pista y caminé varios metros hasta llegar a la casa. No hacía mucho que mis padres terminaron de construirla. Era hermosa, de un piso, toda pintada de blanco, las puertas eran de color marrón y lo más llamativo era el jardín de flores y cactus que mi madre había plantado en el frontis. Mamá adora las plantas, por eso, con ayuda de papá, llevó desde Tacna lo mejor que encontró en su vivero favorito.
Junto al jardín, mi papá acababa de colgar de un muro al otro la hamaca que le traje de mi viaje a Tarapoto el año pasado. Esa hamaca me vio cansada o no sé qué, pero sentí que me “hacía ojitos” para que me recueste y así lo hice, dejé a Pancho en el piso y me eché encima. Maravillosa se balanceaba de un lado a otro, lento, ya ni siquiera pensaba en mi trabajo o en el rostro odioso de mi compañero. Era yo, la playa y lo que se viniera.
Pero Pancho molestaba mucho y trepó a la hamaca mientras trataba de lamerme los pies. Me senté y decidí ir a la orilla. Tomé mi toalla, una botella con agua, mi sombrero y me fui. Para mi suerte la orilla no estaba abarrotada de gente, porque odio las multitudes y eso de estar sentada en la arena con muchas personas alrededor me molesta, me estresa tanto como estar en hora punta en pleno horario de oficina. Pero el sol iluminaba, y podía sentir la brisa del mar, coloqué mi toalla, me quité el vestido y que quedé en bikini.
El calor era intenso, entonces decidí ingresar al mar mientras Pacho perseguía a los cangrejitos que salían de los agujeros en la arena. La temperatura del agua estaba a su punto, me adentré al mar caminando. Felizmente no había muchas piedras al momento de pisar, la arena era muy fina y tan suave que mis pies se hundían. Caminé algunos metros hasta que el agua me llegó a cubrir el pecho. Estaba sola y me había relajado lo suficiente. Era el sol, la brisa, y las aves que volaban de un lado a otro para posarse en las rocas. Sólo a ellas les permitía estar ahí sin molestarme, sin quitarme la calma.
El sonido de las olas me cautivó y como sabía nadar me recosté boca arriba en el agua y floté, mientras movía mis pies y mis manos para no hundirme y mantener a flote mi rostro que estaba expuesto al sol, me sentía radiante. En ese momento se me cruzó muchas cosas por la mente, Pancho, mi madre y sus plantas, por qué le gustaba tanto los cactus, la hamaca de Tarapoto y el destino que elegiría para mi próximo viaje. De pronto estaba ahí, el rostro odioso e inconfundible de mi compañero de trabajo, ¿pero qué haces aquí?, le pregunté, - tú qué haces aquí recostada en mi asiento – me dijo.
Entonces abrí mismos ojos y estaba ahí, en la oficina, no había mar, no había rocas ni aves, ni mucho menos veía a Pancho persiguiendo cangrejitos. Mi perro estaba en casa y yo no tenía puesto ningún traje de baño. Lo que si tenía era bastante trabajo acumulado y a ese odioso que compartía escritorio conmigo.
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