Por Cesar Carpio
A donde voy veo gente muerta. Y no es broma, veo gente muerta. De camino a un sitio, o donde me encuentre, excepto en una casa confortable, no vi ninguna; pero sí hace unas horas en un cruce de avenidas en el cono sur, mientras buscaba una dirección desesperado.
Estaba perdido, caminaba mirando las señalizaciones, los semáforos para ubicarme y llegué a un paradero donde una banca extendida a lo largo, sucia, sin cuidado que me tentó a descansar un rato. Pero aun ataviado y luego de detenerme a la sombra, ahí apareció, un señor obeso, de camisa amarilla, pantalón oscuro y mocasines, suspendido en el aire con los brazos caídos. Tenía una cuerda atada a su cuello de un extremo y la otra punta estaba amarrada a unos tubos del techo. La cuerda, tensa, soportaba bien el peso.
Una señora con una bolsa de mercado se acercó adelantándose a mí y se sentó a esperar un bus, no advirtió en absoluto el enorme cuerpo colgado, con ojos desorbitados y saliva descendiendo de su boca y otros fluidos corporales. No sé si solo yo podía verlo, quizás ella también y prefería ignorarlo. La imagen empezaba a ser perturbadora, entonces seguí mi camino y llegué tarde a dónde me esperaban.
No tengo un don ni nada parecido, ver muertos es mi trabajo, así me gano la vida. Soy periodista, voy a lugares donde ocurre algo, cualquier cosa que sea importante o lo parezca. Veo, anoto y lo cuento, luego olvido. Pero cuando se trata de muertos es diferente, los muertos nunca se van, te acompañan toda la vida y cuando vas por la calle, sobre todo si la mente está despejada, aparecen, como las cruces al costado de la carretera, y la ciudad se convierte en una ruta turística de muertos con hologramas a colores con ruido y detalles.
El trabajo va más allá del solo apreciar, nos implicarnos tanto como sea posible, y luego vaciamos todo al escribirlo para dar al lector una experiencia. Sin embargo, hay un problema irreconciliable para ese fin, tengo que dibujar a veces la escena, porque hay cosas que no se pueden contar, hay restricciones morales, éticas y profesionales.
En ocasiones me parece que enseñamos una foto retocada al espectador, pero el negativo queda en nuestra cabeza y a veces en el corazón. Hay cosas que el papel periódico no aguanta, hay cosas que no se deben saber pero sí merecen ser contadas.
El señor obeso del paradero era un taxista, cinco hijos, evangélico, un suicida sobrio con una depresión patológica que lo eligió como pocos, y tomó presa en un lugar público para morir. La noche anterior hubo una boda y todo el barrio estuvo de fiesta, menos él, lo que hace la situación más lógica. Por ejemplo, los suicidios se disparan en navidad, algo hace que se sientan mucho más desdichados cuando todos son felices alrededor. Todos los días gente intenta quitarse la vida en esta pequeña ciudad y más hombres lo consiguen solo porque las mujeres usan métodos más suaves como venenos, o pastillas con alcohol. Todo está escrito y publicado.
Pero no todo, nadie sabrá lo que decían los vecinos o de qué reían los funerarios, la desidia de los policías, la ineptitud de los fiscales, lo que yo pienso y, sobre todo nadie sabrá qué fue de la viuda y madre de sus hijos pequeños, quien no derramó una lágrima mientras bajaban el cuerpo de su esposo.
Los vecinos trataban de consolarla de algo que no existía, tristeza. Nadie sabrá y solo supe yo después de varios días, que ella lo había engañado porque lo odiaba y luego no le quedaron lágrimas ni dolor.
En la redacción Luis, otro redactor, planea sus vacaciones a México, el corrector Esteban saldrá de juerga el fin de semana en un nuevo local con nuevas amigas, lucía la editora solo piensa en regresar con su novio a su casa. Todos buscan desconectar, sé que también ven muertos como yo. Yo también busco, pero esta vez no será una discoteca, ni paseo, ni casa, me voy a un taller de creación de textos para ordenar mis ideas porque todo lo ya escrito merece una segunda parte, una verdad un poco más completa. Hace poco llegue al taller, en un barrio oscuro y tranquilo y me doy cuenta de que veo más cosas, afuera hay un colombiano reducido en el suelo por dos policías, un cuchillo tirado y un celular robado en su bolsillo, una joven está golpeada a un costado y recuperará su teléfono, no siempre hay un final feliz como ese. Nada fuera de lo común, si no fuera porque que eso sucedió hace una semana y otra vez estoy mezclando el presente con el pasado, no tengo solución.
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