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Taller de Creación Textos tiene por finalidad ayudar a las personas a consolidar sus impulsos creativos en un relato. Este proceso dura diez semanas donde no necesita tener conocimientos previos de literatura o escritura, solo las ganas de querer escribir. Partimos de la idea de que todos tenemos un estilo oculto en el fárrago y por medio de los ejercicios iremos depurando lo que está demás, dejando solo la voz del autor. Durante dos años hemos venido desarrollando el taller para jóvenes y adultos interesados, es un trabajo complejo porque la mayor complicación es la predisposición a escribir, las personas que ingresan vienen con la idea de que solo con teoría lograrán algo y no es así, se enfrentan a una autocensura innecesaria, para luego enfrentarse al hecho de ¿Cómo empezar? En este período hemos conseguido que la mayoría de los participantes logre escribir un relato de manera coherente, puntual y sobre todo desde su estilo (voz), ya solo dejamos en ellos la responsabilidad de darle carácter a su escritura por medio de la lectura constante y el oficio de seguir escribiendo.






jueves, 7 de mayo de 2020

A LA VUELTA DE LA ESQUINA (mayo-2019)

Por Sadith

Dicen que hay lugares que son medicina, lugares que te curan, que te llenan, que te esperan siempre o mejor dicho lugares a los que siempre quieres volver.

Si fuera posible ella saldría de su casa cruzaría la puerta, doblaría en la esquina más cercana y como por arte de magia se encontraría en aquel lugar al cual visita cada año sin falta. Se sacaría los zapatos, las medias, cerraría sus ojos tomándose su tiempo para sentir la tierra mojada bajo sus pies descalzos, sentir el frío roce del viento helado sobre sus mejillas y al abrir los ojos de par en par tomaría suficiente aire y empezaría a correr por todo el campo, sobre las rocas, sobre esa tierra fértil que lleva aún en sus entrañas los frutos de la siembra del año. Se topa con la hierva fresca de la mañana empapadas por el rocío tras una noche de lluvia intensa que va humedeciendo sus prendas de vestir a cada paso, pero extrañamente siente que calienta su alma, la alivia, la cura, la sana. «Aquí es» se dirá así misma como quien encuentra el lugar prometido, un escape, un refugio, un escondite como aquel que inventamos de niños durante nuestros juegos.

Respira profundamente el aroma de los árboles de eucalipto, la menta del cedrón y pino que rodea toda la casa de su abuelo. Respira profunda y lentamente como si contara cada molécula de oxígeno que ingresa a sus pulmones o quizá también al alma.

A lo lejos vera a su abuela encorvada sobre la tierra cosechando la siembra así sabrá que a pesar de sus cuantiosos años aún sigue siendo tan fuerte y sana como en su ahora lejana juventud (no hacer nada en el campo casi siempre es sinónimo de enfermedad más que de pereza). Sin duda encontrara aquello que siempre le asombra ver cada año a su llegada.

Las ve y piensa:
“Los rosales blancos del abuelo plantados al formar su propio hogar al casarse con la abuela, una casita de adobe y madera, de calamina y paja sobre los techos, de platos de arcilla y cocina a leña, de trabajo duro y sencillo amor. Rosales ubicados en el frontis de la casa como dando la bienvenida a todo aquel que llegue, es inevitable no verlos no admirarlos y sobre todo no sentirlos, su aroma se extiende por el campo perfumando cada rincón de la casa siendo mucho más aromático tras una noche de lluvia intensa, como si el rocío que se posara sobre ellas al evaporarse con el sol de la mañana provocaría que se desprendiera el aroma a rosas cual perfume contenido en un frasco. Las veo castigadas por el tiempo, por el inclemente clima hostil del campo o quizá por la ausencia de la persona que las planto. Pétalos quemados por el frío más que por el mismo sol soportando las heladas de mayo y junio, soportando el granizo que cae a mitad de la noche pedacitos de hielo que las golpean incesantemente una y otra vez sus delicados pétalos y hojas quebrándolos en ocasiones por alguna extensión de sus tallos cuando sus fuerzas decaen, pero aun así ellas viven, así de golpeadas, así de maltratadas, así de pequeñas, ellas viven naciendo cada año una y otra vez haciendo interminable la vida, sus vidas”.


Es inevitable no sentir tanto apego por esas rosas, ellas luchando por vivir y ella huyendo de sus propios problemas.

«Qué vergüenza» se dice así misma.

Al mirarlas tanto no puede evitar recordar a su abuelo, un hombre alto, taciturno, Distante, reacio, fuerte. Que al mirarlo pareciera que llevaba la tristeza del mundo posado en sus ojos, el trabajo duro del campo empezaba a doblegar irremediablemente su espalda, de andar lento como si el tiempo era aquel niño travieso colgado sobre sus piernas impidiéndole caminar libremente, de sombrero ancho marón protegiéndole del sol inclemente del mediodía, de manos marchitas por el tiempo gastadas por el trabajo duro. Aquel hombre que siempre vestía de color marrón el cual acentuaba aún más su melancólica presencia, su taciturno andar. Es así como lo recuerda ella.

En el campo nada es plenamente feliz, son más los días de arduo trabajo, quizá para todos no hay nada plenamente feliz, ya que la felicidad no está presente a flor de piel todos los días. No recuerda su rostro, el tono de su voz, sus ojos o su aroma, el calor de su manso sobre sus mejillas de niña, nada, no recuerda nada más que su espalda alejándose a lo lejos perdiéndose entre las piedras y la maleza del camino con sus manos entrelazadas, siempre en la parte de atrás sobre su espalda baja. Y así un día él murió.

Los rosales son su abuelo piensa ella, las mira con dulzura, les habla con suavidad como quien encuentra a alguien muy querido después de mucho tiempo sin verle, le habla sobre sus vivencias de penas y alegrías así como se lo diría a su abuelo, cada cierto tiempo pide permiso y perdón para cortar unas cuantas rosas y depositarlos sobre la tumba de aquel hombre que las planto alguna vez en su casa.

«Sé que mi abuelo le gustaría tener y oler a sus rosas» les dice.

Las mira y no puede evitar que crezca ese nudo en su garganta y llora, llora por el recuerdo de aquel abuelo fallecido, llora por la eterna soledad de su abuela al vivir con la ausencia de su compañero de vida, llora por las rosas que crecen en tan difíciles condiciones, llora por lo perdido y por lo que gano también, llora por su vida que no anda bien, llora por todo y nada a la vez.

El próximo año volveré de seguro, sentirá las rosas de su abuelo el aire y sabrá que es ahí donde quiere quedarse. Pero mientras tanto solo le queda imaginar aquel lugar en su mente, levantarse cada mañana y seguir viviendo, hablando a su abuelo siempre mirando al cielo.

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