Por Josmar
Jeremías era un niño que no salía a jugar con sus vecinos y cuando lo hacía era solo para jugar al futbol. Pero este deporte no satisfacía en absoluto su curiosidad, lo que en verdad le importaba era leer: «Leer sí que es divertido», le decía a Julio, su papá. Julio no fue un intelectual, tampoco alguien con grandes ambiciones materiales, más bien era un taxista que trabaja duro por vestir y darles de comer a su familia. Su pensamiento se basaba en hacer el bien para conseguir un lugar en el más allá, en el paraíso, porque era lo que Dios pedía en los testamentos de la biblia. A pesar de ser un católico ferviente Julio siempre tuvo la intuición de que proporcionándole conocimiento a su hijo su vida sería mejor, mucho mejor que la de él. Y le compraba libros, sobre todo enciclopedias ilustradas a color. De todos los libros que Jeremías tenía en su biblioteca los que más le gustaban eran una colección de siete tomos de Preguntas y Respuestas de Charlie Brown. Cuando su padre se los regaló —para su cumpleaños de ocho años— el niño no lo pensó dos veces y comenzó a leer el primer tomo durante toda una noche; y así pasó con los siguientes. Cada uno de estos libros fue revelador porque trataban de diversos temas como el universo, el origen de las especies, las civilizaciones, los descubrimientos, los inventos y el futuro. Jeremías hizo de estos libros su guía para afrontar la vida la cual pronto lo golpeó duramente cuando su padre dejó de existir.
Después llegó el tiempo en que dejó de ser aquel niño curioso y se convirtió en un adolescente. Fue en esta etapa de su vida en que sí comenzaron a aflorar los conflictos, las carencias y una rara incitación por castigarse: por tener una interrogante clavándole el corazón. « ¿Por qué papá murió tan joven si él hacía el bien como tú?», le preguntó un día a su madre. Ella le respondió: «Pues porque, a veces, las personas cumplen un ciclo, enferman rápido y no les queda otra que partir al reino del Dios. Pero no te preocupes, él nos cuida desde el más allá». A Jeremías esa explicación lo incomodó durante un tiempo, no le fue suficiente y más aún porque ya no leía como aquellos años de lucidez en que las respuestas le afloraban por deducción. Su madre, quien lo amaba profundamente, no tenía la culpa; ella, al igual que su padre, no tuvo una formación letrada, no era alguien capaz de hacerle comprender la muerte. Pero un día mientras Jeremías ordenaba las cajas en las que llevaba sus pertenencias, para mudarse a otra casa junto a su madre, encontró los libros de Preguntas y Respuestas de Charlie Brown. Ese fue otro momento determinante, de resurrección, de reencuentro con aquel niño de inteligencia perspicaz. En su mente se dibujaron una serie de recuerdos, gratos momentos de cuando leía las enseñanzas de Charlie Brown junto a su perrito Snoopy. Y una lágrima cayó sobre una enciclopedia y entendió que la memoria de su padre vivía en los libros, que la sabiduría no la podía negar, que debía continuar con ese aprendizaje que había postergado porque de lo contrario la nostalgia lo convertiría en un esclavo del rencor. Desde entonces Jeremías se juró nunca más dejar de aprender, en el fondo seguía siendo un niño capaz de asombrarse con los misterios de la vida, la que le tenía preparada un sinfín de aventuras para las que debía ya comenzar.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario