Por Edward Villa
Era el otoño de 2015, mi vida transcurría entre el edificio donde quedaba mi oficina y mi hogar. Muchas de las consultas que me hacían en la oficina tenían que ver con el amor y la mentira. La mirada de mis clientes reflejaban sus sentimientos y emociones. El edificio era frio y tétrico, sin embargo, era testigo mudo de muchas historias de amor, miradas temerosas, y de mentiras destructoras de vidas. La estación del otoño se prestaba al drama. Dicen que bajo el puente de nuestra profesión, pasan todas las miserias de la vida.
Agapito Tonconi era un “buen cliente”, no dejaba de asistir a la oficina cada vez que tenía un problema o lo aquejaba alguna duda. Digo buen cliente porque era buen pagador, muy agradecido. Su presencia me provocaba una contradicción, por un lado, me desagradaba verlo mal, pero por otro, sabía que caería un billetito por la consulta.
Mi vida es una mentira señor abogado. Cuando creí que encontré al amor de mi vida empezó mi pesadilla. A usted tengo que contarle, no me guardaré nada. Y, es así que Agapito empezó a relatarme su historia en aquella oficina de aquel viejo edificio que albergaba a más de una veintena de abogados.
Enamoró un mes, y al segundo se casó. Al tercer mes se estaba separando, descubrió que su esposa se casó con él, siendo casada. La primera mentira, ella le dijo que era soltera. Le mintió por amor y cuando se miente por amor no hay castigo, esas mentiras no se sancionan, le dijo y reiteró en aquella oportunidad.
Pasaron dos años de separados y su aún esposa le anunció que durante el poco tiempo que convivieron, ella quedó embarazada, Y tenía que cumplir con la obligación alimentaria con el niño. Cuando Agapito recibió la noticia, era otoño de 2017, justo la estación cuando se conoció con su “esposa”. Su mirada se quedó congelada por la sorpresa de la noticia, porque pensaba que se trataba de otra mentira. Legalmente, el matrimonio de una casada es un matrimonio nulo. El hijo nacido dentro del matrimonio tiene como padre al marido. Es decir, el niño tenía como padre al marido del primer matrimonio, pero, fue registrado consignando como padre a Agapito, por ser marido de un segundo matrimonio que todavía seguía vigente. Las cosas se complicaban, la mentira del estado civil hizo dudar a Agapito sobre la paternidad del hijo que le atribuían. Un aprueba de ADN resolvió el problema, aprovechando el descuido de la madre, un día se hizo el examen que dio negativo para la paternidad, la mentira había quedado al descubierto.
Inició una nueva relación. Marita era la afortunada con quien inició un tratamiento para poder procrear, empero, después de meses los intentos fueron en vano, el útero de Marita no alojó ningún óvulo fecundado por los espermatozoides de Agapito. Todo esto transcurría en el otoño de 2018, era raro, pero esa era la estación en la que pasaban muchas cosas. La separación fue inminente, hicieron todo lo posible pero no pudieron fundar una familia. Ocho meses después, Marita le daría una noticia a Agapito. Estoy embarazada, espero un hijo tuyo, nuestro deseo y el amor mutuo lo logró, cuando nos separamos, me fui con tu hijo en mis entrañas.
Pasaron dos años, y Marita nunca permitió que Agapito saliera solo con el niño, ello levantó sospechas, Y EN un descuido como con la primera esposa, otra prueba de ADN, ¿el resultado? Negativo para el padre. Una mentira más en su haber. Agapito no sabía que hacer, ese día deambuló con la mirada perdida.
Eran las doce de la noche y seguíamos en el edificio. Agapito tenía la mirada ida como la de un ciego, no paraba de contar su triste historia de amor y mentiras, el otoño hacía insoportable el frio, felizmente los abrigos de la cachina servían de mucho en esas épocas. La historia que acababa de escuchar tenía muchas implicancias legales. ¡Para! Le dije. Es tarde, dejémoslo para mañana. Tranquilízate, todo en la vida tiene solución. Llamamos un taxi y cada uno marchó con destino a su casa.
Al día siguiente como de costumbre, llegué a la oficina y me encontré con el dueño del edificio, quien me daría la notifica que vendería el inmueble y que debía tomar mis precauciones para buscar otra oficina. La noticia me cayó como balde de agua helada, tantos años que había estado en esa oficina. Cuantos casos, cuantas historias, muchas de ellas llenas de amor, mentiras, en otoño y con miradas que nunca podré olvidar, a pesar que muchas veces los relatos fueron contados sin mirarme a los ojos se perdían en algún lugar de la oficina, no puedo olvidar esos rostros, se han quedado grabados en mi memoria y seguirán alimentándose en el próximo edificio donde tenga mi oficina.
Era el otoño de 2015, mi vida transcurría entre el edificio donde quedaba mi oficina y mi hogar. Muchas de las consultas que me hacían en la oficina tenían que ver con el amor y la mentira. La mirada de mis clientes reflejaban sus sentimientos y emociones. El edificio era frio y tétrico, sin embargo, era testigo mudo de muchas historias de amor, miradas temerosas, y de mentiras destructoras de vidas. La estación del otoño se prestaba al drama. Dicen que bajo el puente de nuestra profesión, pasan todas las miserias de la vida.
Agapito Tonconi era un “buen cliente”, no dejaba de asistir a la oficina cada vez que tenía un problema o lo aquejaba alguna duda. Digo buen cliente porque era buen pagador, muy agradecido. Su presencia me provocaba una contradicción, por un lado, me desagradaba verlo mal, pero por otro, sabía que caería un billetito por la consulta.
Mi vida es una mentira señor abogado. Cuando creí que encontré al amor de mi vida empezó mi pesadilla. A usted tengo que contarle, no me guardaré nada. Y, es así que Agapito empezó a relatarme su historia en aquella oficina de aquel viejo edificio que albergaba a más de una veintena de abogados.
Enamoró un mes, y al segundo se casó. Al tercer mes se estaba separando, descubrió que su esposa se casó con él, siendo casada. La primera mentira, ella le dijo que era soltera. Le mintió por amor y cuando se miente por amor no hay castigo, esas mentiras no se sancionan, le dijo y reiteró en aquella oportunidad.
Pasaron dos años de separados y su aún esposa le anunció que durante el poco tiempo que convivieron, ella quedó embarazada, Y tenía que cumplir con la obligación alimentaria con el niño. Cuando Agapito recibió la noticia, era otoño de 2017, justo la estación cuando se conoció con su “esposa”. Su mirada se quedó congelada por la sorpresa de la noticia, porque pensaba que se trataba de otra mentira. Legalmente, el matrimonio de una casada es un matrimonio nulo. El hijo nacido dentro del matrimonio tiene como padre al marido. Es decir, el niño tenía como padre al marido del primer matrimonio, pero, fue registrado consignando como padre a Agapito, por ser marido de un segundo matrimonio que todavía seguía vigente. Las cosas se complicaban, la mentira del estado civil hizo dudar a Agapito sobre la paternidad del hijo que le atribuían. Un aprueba de ADN resolvió el problema, aprovechando el descuido de la madre, un día se hizo el examen que dio negativo para la paternidad, la mentira había quedado al descubierto.
Inició una nueva relación. Marita era la afortunada con quien inició un tratamiento para poder procrear, empero, después de meses los intentos fueron en vano, el útero de Marita no alojó ningún óvulo fecundado por los espermatozoides de Agapito. Todo esto transcurría en el otoño de 2018, era raro, pero esa era la estación en la que pasaban muchas cosas. La separación fue inminente, hicieron todo lo posible pero no pudieron fundar una familia. Ocho meses después, Marita le daría una noticia a Agapito. Estoy embarazada, espero un hijo tuyo, nuestro deseo y el amor mutuo lo logró, cuando nos separamos, me fui con tu hijo en mis entrañas.
Pasaron dos años, y Marita nunca permitió que Agapito saliera solo con el niño, ello levantó sospechas, Y EN un descuido como con la primera esposa, otra prueba de ADN, ¿el resultado? Negativo para el padre. Una mentira más en su haber. Agapito no sabía que hacer, ese día deambuló con la mirada perdida.
Eran las doce de la noche y seguíamos en el edificio. Agapito tenía la mirada ida como la de un ciego, no paraba de contar su triste historia de amor y mentiras, el otoño hacía insoportable el frio, felizmente los abrigos de la cachina servían de mucho en esas épocas. La historia que acababa de escuchar tenía muchas implicancias legales. ¡Para! Le dije. Es tarde, dejémoslo para mañana. Tranquilízate, todo en la vida tiene solución. Llamamos un taxi y cada uno marchó con destino a su casa.
Al día siguiente como de costumbre, llegué a la oficina y me encontré con el dueño del edificio, quien me daría la notifica que vendería el inmueble y que debía tomar mis precauciones para buscar otra oficina. La noticia me cayó como balde de agua helada, tantos años que había estado en esa oficina. Cuantos casos, cuantas historias, muchas de ellas llenas de amor, mentiras, en otoño y con miradas que nunca podré olvidar, a pesar que muchas veces los relatos fueron contados sin mirarme a los ojos se perdían en algún lugar de la oficina, no puedo olvidar esos rostros, se han quedado grabados en mi memoria y seguirán alimentándose en el próximo edificio donde tenga mi oficina.
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