Por Richard Calle
Todos los días despertaba viendo la misma habitación, como si se tratara de un mismo sueño. Esa mañana vio en el espejo. Y no recordaba cuando fue la última vez que lo hizo. Al verse preguntó cuándo era que se había vuelto en un descuidado y solitario cuarentón.
Vivía en una casona, donde una pileta olvidada y un largo pasadizo conectaban a la salida. Un callejón le recordaba sus mejores años. En los que no sabía del estrés ni de la vejez.
El trabajo había terminado, pero a él no le parecía importar. Estaba acostumbrado a no tener vacaciones, y si las tenía eran interrumpidas por un proyecto que no podía dejar pasar por la paga que recibiría. Aunque mal esposo siempre fue responsable con sus hijos y con su madre.
Por alguna razón, comúnmente llamamos intuición, a esa emoción indescriptible que no es certeza ni contrariedad, él sentía la esperanza de tener un tiempo para descansar y renovarse de energía. Quizás fue el espejo, o el callejón, quizás fue su pensar o sus recuerdos que lo reanimaron esa mañana. Sin dudarlo se fue a dar un paseo por la ciudad. El clima era perfecto, él nunca gustó del calor, siempre decía que el invierno era la mejor de las estaciones. Paso por un parque donde habían colocado varios puestos de libros. Él pensó comprar alguno y leerlo, hace mucho que no lo hacía. Le dio curiosidad leer la literatura nacional, se dirigió al puesto de escritores locales. De entre todos le gustó el que tenía por título, “El viaje de las mentiras”, una serie de relatos de diversos autores, y le era muy interesante por compilar reportajes locales que habían sido exagerados en su publicación pero que en el libro contaban la verdadera historia. Cada una tenía el contacto del escritor para que el lector pueda conocerlo si quisiese.
Para su sorpresa, uno de los relatos había sido firmado por una compañera de la universidad, ella se había dedicado al periodismo y al parecer era escritora también. La recordó con tanta nobleza que sin darse cuenta suspiró. No solo por lo bella y divertida que era, sino también porque la universidad fue un mundo del que nunca quiso salir. Se preguntaba si lo recordaría, quizás había la posibilidad de visitarla, eso también le hizo pensar que era un buen día para reencontrarse con los viejos amigos y dejar la soledad por un momento, que bien que mal lo había hecho un hombre.
Siempre fue muy querido entre sus colegas, el tomo la decisión de alejarse por llevar una vida ordenada y concentrada a sus proyectos. Pero no había otra cosa más que lo separase de ellos. Pensaba que podía volver a verlos cuando él quisiera. Bastaría una llamada para coordinar un encuentro. Y así fue. Busco en su agenda e hizo la primera llamada. Atendieron de inmediato, era su colega que estaba de cumpleaños. Sin dejarlo hablar le agradeció por haberlo llamado y que lo invitaba a su casa a pasar la tarde. Era como si todo se acomodara, era como si tener esperanza hubiera servido para cambiar el ritmo que llevaba.
Volvió a casa, tenía que recordar como alistarse para una fiesta, y con ello, estaba de vacaciones, sus amigos estarían ahí, gente que no veía hace años. Tomo un baño de agua caliente, se afeitó, se puso un perfume abandonado, combino colores de sus prendas y con un peinado que lo hacía parecer más joven salió al encuentro con una botella de vino en la mano. Llego al lugar, algo tímido toco el timbre, había mucha bulla, insistió, hasta que fue atendido por el cumpleañero. No podía creer que adentro un festín lo esperaba, muchos de sus amigos estaban ahí, y de saludo en saludo llego hasta la sonrisa y el abrazo sorpresivo de quien había escrito el relato, era su compañera de la universidad. Para ella habían pasado los años pero para mejor, su belleza lo hacía notar.
Vivía en una casona, donde una pileta olvidada y un largo pasadizo conectaban a la salida. Un callejón le recordaba sus mejores años. En los que no sabía del estrés ni de la vejez.
El trabajo había terminado, pero a él no le parecía importar. Estaba acostumbrado a no tener vacaciones, y si las tenía eran interrumpidas por un proyecto que no podía dejar pasar por la paga que recibiría. Aunque mal esposo siempre fue responsable con sus hijos y con su madre.
Por alguna razón, comúnmente llamamos intuición, a esa emoción indescriptible que no es certeza ni contrariedad, él sentía la esperanza de tener un tiempo para descansar y renovarse de energía. Quizás fue el espejo, o el callejón, quizás fue su pensar o sus recuerdos que lo reanimaron esa mañana. Sin dudarlo se fue a dar un paseo por la ciudad. El clima era perfecto, él nunca gustó del calor, siempre decía que el invierno era la mejor de las estaciones. Paso por un parque donde habían colocado varios puestos de libros. Él pensó comprar alguno y leerlo, hace mucho que no lo hacía. Le dio curiosidad leer la literatura nacional, se dirigió al puesto de escritores locales. De entre todos le gustó el que tenía por título, “El viaje de las mentiras”, una serie de relatos de diversos autores, y le era muy interesante por compilar reportajes locales que habían sido exagerados en su publicación pero que en el libro contaban la verdadera historia. Cada una tenía el contacto del escritor para que el lector pueda conocerlo si quisiese.
Para su sorpresa, uno de los relatos había sido firmado por una compañera de la universidad, ella se había dedicado al periodismo y al parecer era escritora también. La recordó con tanta nobleza que sin darse cuenta suspiró. No solo por lo bella y divertida que era, sino también porque la universidad fue un mundo del que nunca quiso salir. Se preguntaba si lo recordaría, quizás había la posibilidad de visitarla, eso también le hizo pensar que era un buen día para reencontrarse con los viejos amigos y dejar la soledad por un momento, que bien que mal lo había hecho un hombre.
Siempre fue muy querido entre sus colegas, el tomo la decisión de alejarse por llevar una vida ordenada y concentrada a sus proyectos. Pero no había otra cosa más que lo separase de ellos. Pensaba que podía volver a verlos cuando él quisiera. Bastaría una llamada para coordinar un encuentro. Y así fue. Busco en su agenda e hizo la primera llamada. Atendieron de inmediato, era su colega que estaba de cumpleaños. Sin dejarlo hablar le agradeció por haberlo llamado y que lo invitaba a su casa a pasar la tarde. Era como si todo se acomodara, era como si tener esperanza hubiera servido para cambiar el ritmo que llevaba.
Volvió a casa, tenía que recordar como alistarse para una fiesta, y con ello, estaba de vacaciones, sus amigos estarían ahí, gente que no veía hace años. Tomo un baño de agua caliente, se afeitó, se puso un perfume abandonado, combino colores de sus prendas y con un peinado que lo hacía parecer más joven salió al encuentro con una botella de vino en la mano. Llego al lugar, algo tímido toco el timbre, había mucha bulla, insistió, hasta que fue atendido por el cumpleañero. No podía creer que adentro un festín lo esperaba, muchos de sus amigos estaban ahí, y de saludo en saludo llego hasta la sonrisa y el abrazo sorpresivo de quien había escrito el relato, era su compañera de la universidad. Para ella habían pasado los años pero para mejor, su belleza lo hacía notar.
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