Por Martin Antonio Helfer Mancilla
Una tarde de otoño casi llegando al ocaso, los últimos rayos de sol iluminan las tablas de una banqueta a la mitad del muelle, junto a ella su fiel compañero, un pelicano cuya costumbre de posarse a diario a su costado, lo hace parte del paisaje, hacia el otro lado, un hombre apoyado al barandal sostiene la mirada hacia el mar, cabello oscuro y revuelto por viento que sopla, viento que remueve la tela de su abrigo, el ceño fruncido, labios apretados, hombros tensos, denota una postura de rabia, de odio, lentamente eleva su mano derecha y lanza con fuerza algo al mar, algo pequeño, algo que brilló al recibir un pequeño haz de luz agonizante, de los últimos que brinda el sol antes de ocultarse, la pequeña cosa cae al mar, casi ni hace ruido, solo chapucea unas minúsculas gotas de agua, las mismas que se pierden inmediatamente por el oleaje, el hombre vuelve a su antigua posición apoyado a la baranda, quieto, con aires de misterio en la mirada, de pronto esa quietud se rompe por la rápida acción de su mano al sacar del bolsillo una carta, la mira, la sostiene, la rompe y el viento hace su trabajo llevándose los restos hacia el mar, pedazos de papel que llevan recuerdos o noticias o algo más que solo ese hombre sabe, sucesos que solo ese hombre es capaz de sentir con tal fuerza como para destrozarla y dejarla ir.
El pelicano levanta el vuelo, el viento sopla más fuerte, casi no hay luz y la penumbra comienza a inundar los espacios en el muelle y el hombre inmóvil como una roca persiste en su intento de contarle al viento y al mar lo que lleva por dentro tan solo expresando una mirada, un suspiro, solo él sabe hasta cuándo será suficiente estar de pie frente a ese inmenso mar que es capaz de callar voces con el ruido de sus olas y de llevarse aquello que solo ese hombre conoce.
Una tarde de otoño casi llegando al ocaso, los últimos rayos de sol iluminan las tablas de una banqueta a la mitad del muelle, junto a ella su fiel compañero, un pelicano cuya costumbre de posarse a diario a su costado, lo hace parte del paisaje, hacia el otro lado, un hombre apoyado al barandal sostiene la mirada hacia el mar, cabello oscuro y revuelto por viento que sopla, viento que remueve la tela de su abrigo, el ceño fruncido, labios apretados, hombros tensos, denota una postura de rabia, de odio, lentamente eleva su mano derecha y lanza con fuerza algo al mar, algo pequeño, algo que brilló al recibir un pequeño haz de luz agonizante, de los últimos que brinda el sol antes de ocultarse, la pequeña cosa cae al mar, casi ni hace ruido, solo chapucea unas minúsculas gotas de agua, las mismas que se pierden inmediatamente por el oleaje, el hombre vuelve a su antigua posición apoyado a la baranda, quieto, con aires de misterio en la mirada, de pronto esa quietud se rompe por la rápida acción de su mano al sacar del bolsillo una carta, la mira, la sostiene, la rompe y el viento hace su trabajo llevándose los restos hacia el mar, pedazos de papel que llevan recuerdos o noticias o algo más que solo ese hombre sabe, sucesos que solo ese hombre es capaz de sentir con tal fuerza como para destrozarla y dejarla ir.
El pelicano levanta el vuelo, el viento sopla más fuerte, casi no hay luz y la penumbra comienza a inundar los espacios en el muelle y el hombre inmóvil como una roca persiste en su intento de contarle al viento y al mar lo que lleva por dentro tan solo expresando una mirada, un suspiro, solo él sabe hasta cuándo será suficiente estar de pie frente a ese inmenso mar que es capaz de callar voces con el ruido de sus olas y de llevarse aquello que solo ese hombre conoce.
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