Por Ana Victoria Pérez
Mayo de 2017. Una tarde de otoño. Caminaba por el Paseo Bolognesi de Arica esperando ver algo novedoso en las tiendas de alrededores. Me detuve sigilosamente en una zona llena de artesanos de accesorios para mujer, mis ojos brillaron de emoción. El artesano SE LLAMA don Mario, VISTE con un traje floreado, TIENE UNA larga cabellera y bigotes blancos; mientras me explicaba sobre el material y detalles de los collares y aretes, iba a fabricando sus nuevas artesanías. No paraba. Mi mirada empezó a apreciar su espacio de trabajo de arriba abajo, era una carreta acondicionada con un techo de tela azul noche, con muy buena presentación. Un par de aretes robaron mi atención, se trataba de unos aretes largos con un triángulo superior plateado, de su ángulo superior colgaba una piedra energética rojo vino, de su base, siete delicados pendientes de bambú, cada uno terminaba con unas hojitas plateadas las cuales con el movimiento emitían un sonido tímido pero apacible. Los compré sin hacer preguntas. Un par de meses después perdí uno de los aretes en Tacna sin darme cuenta, asumí que por descuido no presioné el seguro del arete y se me cayó en algún lugar. Viajé nuevamente a Arica a comprarme un par de aretes similar. Me gustaban mucho. Lamentablemente el artesano ya no vendía ese modelo, como me vio un poco triste muy amablemente me fabricó un par ese día, ya no tenía piedras rojo vino sino solo azules. Me fui agradecida, contenta y pensativa, no entendía por qué me enamoré tanto de esos aretes. Un día revisando mi cuenta de Facebook, apareció un recuerdo para rememorar de una foto de mi familia de 1992, que yo había subido hace cinco años porque es mi favorita como retrato familiar de antaño, yo allí era una niña de cuatro años. Me fijé en los aretes de mi madre en la foto y me sorprendió que fuesen iguales a los que compré al artesano ariqueño. Mi subconsciente me habló, esos aretes me recordaban mi niñez alegre y protegida. En muchas ocasiones me gustaría retroceder el tiempo y estar en los brazos de mi madre, he sentido que me abruman las expectativas que otros tienen de mí. También lo podría interpretar porque admiro mucho a mi madre, quisiera tener sus habilidades y fortalezas de líder, como no se lo expreso verbalmente quizás apareció ese afán de tener unos accesorios similares a los que ella usaba. No me hubiera imaginado que un par de aretes abrazarían mi alma con muchas emociones. Quiero ser como ella, como doña Julia.
Mayo de 2017. Una tarde de otoño. Caminaba por el Paseo Bolognesi de Arica esperando ver algo novedoso en las tiendas de alrededores. Me detuve sigilosamente en una zona llena de artesanos de accesorios para mujer, mis ojos brillaron de emoción. El artesano SE LLAMA don Mario, VISTE con un traje floreado, TIENE UNA larga cabellera y bigotes blancos; mientras me explicaba sobre el material y detalles de los collares y aretes, iba a fabricando sus nuevas artesanías. No paraba. Mi mirada empezó a apreciar su espacio de trabajo de arriba abajo, era una carreta acondicionada con un techo de tela azul noche, con muy buena presentación. Un par de aretes robaron mi atención, se trataba de unos aretes largos con un triángulo superior plateado, de su ángulo superior colgaba una piedra energética rojo vino, de su base, siete delicados pendientes de bambú, cada uno terminaba con unas hojitas plateadas las cuales con el movimiento emitían un sonido tímido pero apacible. Los compré sin hacer preguntas. Un par de meses después perdí uno de los aretes en Tacna sin darme cuenta, asumí que por descuido no presioné el seguro del arete y se me cayó en algún lugar. Viajé nuevamente a Arica a comprarme un par de aretes similar. Me gustaban mucho. Lamentablemente el artesano ya no vendía ese modelo, como me vio un poco triste muy amablemente me fabricó un par ese día, ya no tenía piedras rojo vino sino solo azules. Me fui agradecida, contenta y pensativa, no entendía por qué me enamoré tanto de esos aretes. Un día revisando mi cuenta de Facebook, apareció un recuerdo para rememorar de una foto de mi familia de 1992, que yo había subido hace cinco años porque es mi favorita como retrato familiar de antaño, yo allí era una niña de cuatro años. Me fijé en los aretes de mi madre en la foto y me sorprendió que fuesen iguales a los que compré al artesano ariqueño. Mi subconsciente me habló, esos aretes me recordaban mi niñez alegre y protegida. En muchas ocasiones me gustaría retroceder el tiempo y estar en los brazos de mi madre, he sentido que me abruman las expectativas que otros tienen de mí. También lo podría interpretar porque admiro mucho a mi madre, quisiera tener sus habilidades y fortalezas de líder, como no se lo expreso verbalmente quizás apareció ese afán de tener unos accesorios similares a los que ella usaba. No me hubiera imaginado que un par de aretes abrazarían mi alma con muchas emociones. Quiero ser como ella, como doña Julia.
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