Por: Getty Paco Morales
A mi sobrina y a mí nos encanta viajar en ascensor cuando estamos en una clínica o en un centro comercial. No importa cuánto debamos esperar. Estar dentro de ese compartimiento de acero atravesando las paredes de concreto, no tiene precio. Desde que era pequeñita, se empinaba para presionar el botón correcto y luego corría a abrazarme cuando empezaba el vértigo. Ahora tiene nueve años. Sigue presionando el botón indicado, pero mientras duran esos segundos, tenemos un juego. Imaginamos las cosas más inverosímiles que sucederán cuando se abran automáticamente las puertas: a veces es un cavernícola golpeando a otro con una piedra y un palo. En otras, es un hombre de piernas y brazos larguísimos señalándonos con su índice (al estilo ET). Un enano anciano entregándonos una llave plateada con el brazo estirado y con el otro señalándonos el camino con dirección a una puesta de sol. La sala de recepción de un hospital, con enfermeros empujando camillas. El inicio de un laberinto de paredes verdes. Cualquiera que sea la visión, hay que decirla rápido para tener chance de contar otra. La competencia termina exactamente cuando se abren las puertas del ascensor y decidimos (por unanimidad) quién tuvo la descripción más chévere. La que pierde, invita algo. Juan Rulfo dijo que “cada suspiro es un sorbo de vida del que uno se deshace”. Cuántos sorbos de vida necesita nuestra caja torácica para ensancharse y darle paso a nuestra imaginación, que un aire frío atraviese de lado a lado la cavidad craneal y ponga de pie todas las ideas. Bendita imaginación de los niños. En cambio, los prejuicios son como ascensores sin puertas que atrapan a los adultos: miren por donde miren, sólo encontrarán paredes. Los prejuicios pueden ser claustrofóbicos y algunos adultos ni se enteran. Qué agobio. Por eso adoro las puertas falsas, los compartimientos secretos, las oportunidades que sirven para cambiar, para inventarnos otra vez, para empezar de nuevo, no importa la edad que tengas.
A mi sobrina y a mí nos encanta viajar en ascensor cuando estamos en una clínica o en un centro comercial. No importa cuánto debamos esperar. Estar dentro de ese compartimiento de acero atravesando las paredes de concreto, no tiene precio. Desde que era pequeñita, se empinaba para presionar el botón correcto y luego corría a abrazarme cuando empezaba el vértigo. Ahora tiene nueve años. Sigue presionando el botón indicado, pero mientras duran esos segundos, tenemos un juego. Imaginamos las cosas más inverosímiles que sucederán cuando se abran automáticamente las puertas: a veces es un cavernícola golpeando a otro con una piedra y un palo. En otras, es un hombre de piernas y brazos larguísimos señalándonos con su índice (al estilo ET). Un enano anciano entregándonos una llave plateada con el brazo estirado y con el otro señalándonos el camino con dirección a una puesta de sol. La sala de recepción de un hospital, con enfermeros empujando camillas. El inicio de un laberinto de paredes verdes. Cualquiera que sea la visión, hay que decirla rápido para tener chance de contar otra. La competencia termina exactamente cuando se abren las puertas del ascensor y decidimos (por unanimidad) quién tuvo la descripción más chévere. La que pierde, invita algo. Juan Rulfo dijo que “cada suspiro es un sorbo de vida del que uno se deshace”. Cuántos sorbos de vida necesita nuestra caja torácica para ensancharse y darle paso a nuestra imaginación, que un aire frío atraviese de lado a lado la cavidad craneal y ponga de pie todas las ideas. Bendita imaginación de los niños. En cambio, los prejuicios son como ascensores sin puertas que atrapan a los adultos: miren por donde miren, sólo encontrarán paredes. Los prejuicios pueden ser claustrofóbicos y algunos adultos ni se enteran. Qué agobio. Por eso adoro las puertas falsas, los compartimientos secretos, las oportunidades que sirven para cambiar, para inventarnos otra vez, para empezar de nuevo, no importa la edad que tengas.
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