Por Cesar Pinto Lara
Caminó apurado como siempre, recordó que a su abuelo le decían patita ligera, y se sintió contento de haber heredado su velocidad al andar, veía el reloj mientras aceleraba el paso, había quedado a las ocho en una tienda de regalos, comprarían algo simpático y luego irían a la fiesta, estaba seguro de que ella llegaría tarde y posiblemente tendría que esperarla ahí, pero no importaba, detestaba no estar a tiempo.
Empezó a correr, pero no tan rápido, no quería transpirar, entonces lo vio, estaba parado fuera del café fumando un cigarrillo, la última vez que lo vio también fue ahí, aquel día tuvieron una charla donde Julián se disculpó por haberlo plantado una vez más, luego de eso no se volvieron a ver, Julián nunca lo llamó y él entendió que solo había sido sexo.
Ya había pasado más de un año y su vida había sufrido algunos cambios, tenía una relación, nueva pero prometedora, estaba contento y se sentía seguro, había añorado mucho lograr esa estabilidad; sin embargo, no podía negar que algunas veces pensaba en él y cuando pasaba por esa calle la secreta esperanza de verlo asomaba en su mente.
Julián le extendió su hermosa sonrisa y le abrió los brazos, mientras estaba en ellos recordó lo calientito que era su cuerpo y cuanto le gustaba el sonido de su voz, fue un abrazo largo y cariñoso, luego de eso lo invitó a pasar, tomó asiento y vio que la cafetería estaba vacía. Te o café preguntó el anfitrión, té asintió él. El agua calentándose en la tetera hacia un suave sonido que servía de banda sonora al relato de Julián. Le contó que seguía componiendo y había empezado a tocar en bares de otras ciudades, él quiso contarle sobre su vida también, pero prefería oírlo, sin duda las historias de un músico le resultaban más interesantes y en serio le encantaba su voz. El pito de la tetera sonó y Julián se levantó para servirle el té, lo trajo a la mesa y le pidió que lo espere un momento mientras cerraba la cafetería, él comprendió que estarían completamente solos, sin la interrupción de nadie, sabía que podría tener nuevamente a Julián, había fantaseado tanto con ese momento que estarlo viviendo era totalmente surrealista. Sería solo sexo seguramente, pensó, pero que buen sexo sería. Todo su ser era una conjunción de hormonas en ebullición, sentía su corazón acelerado y un calor muy fuerte en sus orejas, antes de esa noche nunca se había sentido tan preso de sus deseos.
Empezó a correr, pero no tan rápido, no quería transpirar, entonces lo vio, estaba parado fuera del café fumando un cigarrillo, la última vez que lo vio también fue ahí, aquel día tuvieron una charla donde Julián se disculpó por haberlo plantado una vez más, luego de eso no se volvieron a ver, Julián nunca lo llamó y él entendió que solo había sido sexo.
Ya había pasado más de un año y su vida había sufrido algunos cambios, tenía una relación, nueva pero prometedora, estaba contento y se sentía seguro, había añorado mucho lograr esa estabilidad; sin embargo, no podía negar que algunas veces pensaba en él y cuando pasaba por esa calle la secreta esperanza de verlo asomaba en su mente.
Julián le extendió su hermosa sonrisa y le abrió los brazos, mientras estaba en ellos recordó lo calientito que era su cuerpo y cuanto le gustaba el sonido de su voz, fue un abrazo largo y cariñoso, luego de eso lo invitó a pasar, tomó asiento y vio que la cafetería estaba vacía. Te o café preguntó el anfitrión, té asintió él. El agua calentándose en la tetera hacia un suave sonido que servía de banda sonora al relato de Julián. Le contó que seguía componiendo y había empezado a tocar en bares de otras ciudades, él quiso contarle sobre su vida también, pero prefería oírlo, sin duda las historias de un músico le resultaban más interesantes y en serio le encantaba su voz. El pito de la tetera sonó y Julián se levantó para servirle el té, lo trajo a la mesa y le pidió que lo espere un momento mientras cerraba la cafetería, él comprendió que estarían completamente solos, sin la interrupción de nadie, sabía que podría tener nuevamente a Julián, había fantaseado tanto con ese momento que estarlo viviendo era totalmente surrealista. Sería solo sexo seguramente, pensó, pero que buen sexo sería. Todo su ser era una conjunción de hormonas en ebullición, sentía su corazón acelerado y un calor muy fuerte en sus orejas, antes de esa noche nunca se había sentido tan preso de sus deseos.
Voy al baño un momento dijo Julián, ¿Deseas que ponga música? Sí, afirmó él, entonces oyó una conocida melodía, y pensó en ella, vio la hora y supo aún no había llegado a la tienda, estaba tarde como de costumbre, pero esta vez él también. Que coincidencia tan extraña, esa canción la oyeron en el viaje a México, se llamaba Currucucú paloma, vaya nombre, él ya la había oído antes, pero ella no, a ella le pareció triste, y al le sonaba a dulce melancolía, la oyeron en un bar. Entonces él recordó la seguridad de ella al dar su opinión sobre la canción, «había personas que escogían sufrir y otras, ser felices», y esa cara de congoja con ella siempre sería feliz.
Tomó un sorbo de té y pensó en lo feliz que era, se paró, esperó a Julián y se despidió de él con un beso en la mejilla, le explicó que tenía un compromiso e iba tarde. Tomó un taxi y llego a la tienda de regalos, en eso entro ella, atarantada en disculpas por la larga demora, el solo la miró, le dio un beso y dijo que no llego tarde, que llego justo a tiempo.
Tomó un sorbo de té y pensó en lo feliz que era, se paró, esperó a Julián y se despidió de él con un beso en la mejilla, le explicó que tenía un compromiso e iba tarde. Tomó un taxi y llego a la tienda de regalos, en eso entro ella, atarantada en disculpas por la larga demora, el solo la miró, le dio un beso y dijo que no llego tarde, que llego justo a tiempo.
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