Por Carlos Alberto Huaychani Mamani
Cuando aquella mujer subió al escenario, todos los asistentes permanecieron en silencio, al parecer era el momento más esperado de la noche, supuse entonces que sería la encargada de cerrar el programa, con un canto que se impusiera a todos los que ya se habían presentado y cerrar así con broche de oro, la función de gala que se presentaba al público.
Los músicos empezaron a ejecutar la melodía, cuando el director alzo la mano derecha, para marcar la batuta con la que se dictaba el tiempo, el ritmo del compás y la velocidad de la canción que tenía que interpretarse. Frente a la mirada de todos, la interprete tomo el micrófono para armonizar su voz y combinarla con la música que ya se escuchaba. Ella se veía feliz en el escenario, iba a cantar una canción dedicada a Dios esa noche, en el aniversario de una iglesia evangélica y aunque yo soy católico, no podía perderme esta interpretación que parecía hipnotizarme.
Estallando una sonrisa en su rostro, la intérprete levanto sus manos al cielo y empezó a cantar, ella se veía elegante, fascinando con una voz que arrullaba, logrando emocionar al público, cada persona a flor de piel la oía, no perdiendo ningún detalle, ni de las notas de los instrumentos que se tocaban, ni de la inflexión de la voz que se transmitía, solo que yo, no podía distinguir la letra de la canción, hacia un esfuerzo por entender lo que ella cantaba; pero aun así no podía, cuando termino de cantar, la euforia se desparramó en aplausos, pasando de la ternura a la alegría.
—Otra, otra, otra —le pedían los asistentes.
Ella solicitó al director para que dirigiera otra melodía y ante la afirmación, se dirigió al público con otra actuación consagratoria, entonando una nueva canción, ofrecida a Dios como testimonio de vida; pero otra vez, no podía entender la letra de la canción, ante tan bella melodía que se escuchaba.
Mientras ella seguía cantando, fui interrumpido por un amigo, que al verme encandilado me pregunto.
—¿Carlos que haces aquí?
—Escucho la letra de la canción que interpreta la cantante.
—Pero si la cantante es muda —me dijo sorprendido—, ¿acaso no te das cuenta de que apenas puede sacar algunos sonidos de su boca?
—Eso no importa —le dije fascinado—, solo mira y escucha, porque estoy más que seguro, que Dios si entiende bien la letra de la canción que ella canta.
Veía en el escenario felicidad, a pesar de que la música que se escuchaba, por momentos sonaba desafinado, ante las pequeñas gesticulaciones que hacia aquella mujer, por sacar una palabra de su boca.
—Estoy seguro de que si aquella mujer pudiera hablar, le cantaría a Dios todos los días —le dije muy emocionado a aquel amigo que no salía de su asombro—, a veces sería mejor que seamos mudos para entender lo que tenemos en la vida. ¿No te parece?
—Creo que si Carlos, a veces no valoramos lo que tenemos, ni somos tan agradecidos como lo es aquella dama —me respondió mi amigo con una leve sonrisa.
Cuando termino la canción, aplaudimos como si hubiéramos estado en un gran concierto, a pesar de que esta velada se desarrollaba en la calle, a las puertas de una iglesia. Disfrutamos de aquel canto a la vida y de una mujer agradecida a Dios, que a pesar de su incapacidad al hablar, feliz se mostraba, abrazando a todos los que la felicitaban.
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